VESTA en Zavaleta Lab – Agosto 2015

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 El Unicornio en cautiverio

Antes que nada, voy a comenzar diciendo que amo a Ama con locura, que ella es mi Reina y también es mi Sol.
Y que para mí es un honor inmenso escribir sobre su muestra, porque adoro tanto todo lo que hace, que basta con que me muestre la última de sus pinturas para que yo sólo vea destellos de luz, remolinos de arcoíris, signos del zodíaco, caramelos perfumados, nubes con su cabellera, sus ojos, su hermosa sonrisa multiplicada y todo esto es así porque ella es mi Reina y también es mi Sol.
Pero esta ocasión es sumamente especial, ya que expone una instalación en la que pareciera que nos está comunicando algo sobre el estado de su alma: Un inmenso unicornio, erguido sobre sus dos patas, prisionero en una jaula cerrada con candado dentro de la cual hay cadenas con numerosas llaves –una de ellas abre el candado– y donde también se escucha el latir de un corazón.
Además de la instalación, exhibe pinturas recientes y con el estilo que las caracteriza. La alegría de los colores, el goce por la materia cremosa, las salpicaduras, es decir, la renovada dicha de pintar. Gestos libres y espontáneos que contrastan, en su belleza y ambigüedad, con la monumentalidad de la instalación (o estatua encantada).
Se sabe que los unicornios eran animales fabulosos que vivían solitarios en lo profundo de los bosques, que no se podían domesticar, que su aliento perfumaba el aire y que al sumergir su cuerno en un arroyo las aguas inmediatamente se volvían cristalinas. También, se decía que sólo podían llegar a verlo algunas niñas y que sólo las de corazón más puro podían acercarse y tocarlo.
Emblemas de la inocencia y la pureza, los unicornios llegan hasta nuestros días a través de innumerables imágenes reproducidas por la web, pero aún hoy, pocas siguen siendo tan sugestivas e inquietantes como la del célebre tapiz hecho en Flandes hacia finales de la Edad Media, conocido como El unicornio en cautiverio. En éste se representa a un unicornio sereno, casi como si disfrutara de su encierro. La cuerda que lo ata al árbol es tan delgada y el corral es tan bajo que podría huir en cualquier momento.
Salir y entrar, no sentirse atrapado por las reglas sociales es un sueño imposible. El arte de aquel entonces representaba el ideal a alcanzar y, excepto en unos pocos y raros casos, el mundo real y la dura vida quedaban ocultos, nunca eran expuestos. El unicornio de la instalación de Ama no se encuentra en un pequeño establo del jardín del Edén, sino en una jaula de hierro y parece que está preso, con ganas de escapar. Símbolo del deseo indómito –a la vez prisionero–, donde todos somos el unicornio, el mundo, la jaula, el candado, las llaves equivocadas, la llave que abre el candado y, también el anhelo inextinguible por uno de los bienes más preciados y difíciles a los que se pueda aspirar: pasear a nuestro propio unicornio, dejarlo que retoce por el salvaje prado y, al cabo de un tiempo, conducirlo dócil y manso al corral.

Marcelo Pombo, mayo de 2015